Para los viejos griegos las tragedias cumplían una función litúrgica. Vivían en el escenario la guerra, el odio y la envidia. Y veían sus terribles consecuencias.

La Semana Santa es nuestra liturgia. En ella vivimos el dolor y la muerte del justo y recibimos el don de la resurrección como una esperanza más allá de todos los desengaños.

   
   

 
   

Con sus hechos y palabras, Jesús predicaba el Reino de Dios e invitaba a cambiar de vida.
Muchos hombres y mujeres lo seguían y fueron sus discípulos.
Entre ellos eligió a doce apóstoles, con quienes formó una comunidad de amigos y colaboradores, que sería el fundamento de la Iglesia.
El movimiento en torno a la persona de Jesús el Galileo fue creciendo.
Su manera de vivir y su predicación cuestionaron

   

a las autoridades, quienes comenzaron a considerarlo peligroso.
Entonces hicieron una reunión para deliberar sobre el caso del Galileo.
Su jefe Caifás pronunció la siguiente sentencia:
"¿No les parece preferible que muera un solo hombre por el pueblo y no que padezca la nación entera?"(Juan 11,50).

La tormenta se acercaba.
La violencia comenzaba a envolverlo todo.

 
 

En el momento más fuerte de la tormenta
Jesús tuvo una cena de despedida, llena
de afecto y ternura.
En ella abrió por completo su corazón a
los Apóstoles.
Jesús hace un gesto que deja confundidos
a sus amigos.
Al comienzo toma una toalla y una
palangana y lava uno a uno los pies de
sus discípulos.
 Era esa una tarea que realizaban
 los esclavos.

 
 

Cuando terminó con el último de ellos
volvió a tomar la cabecera de la mesa
y explicó su acción, confirmando una
vez más lo que siempre había enseñado.

"¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?. Me llaman
Maestro y Señor y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el
Señor y el Mestro, les he lavado los pies, ustedes también deben
lavarse los pies los unos a los otros. Ustedes serán felices si
sabiendo estas cosas, las practican". (Juan 13, 12-14 y 17).

 

Esa noche Jesús instituye la
Eucaristía y el sacerdocio.
Enseña a sus discípulos que
El va a morir para salvarnos.

"No hay amor más grande que dar la vida por
los amigos".
(Juan 15,13).

 
 

Jesús fue tomado preso mientras rezaba por la
noche en el Huerto de los Olivos.
Uno de sus discípulos llamado Judas Iscariote lo delató a las  autoridades.
Fue interrogado y torturado:
En el clima de terror que se formó,
 sus amigos huyeron.
Pedro que lo siguió detrás de los soldados,
 negó tres veces seguidas haberlo conocido.
La sentencia de muerte la dictó Poncio Pilato, presionado por las autoridades y parte 
del pueblo judío.

 
 

Lo crucificaron entre dos ladrones,
en las afueras de Jerusalén,
en una colina llamada Gólgota.
Jesús murió en medio del dolor y del abandono.
Murió perdonando y su último grito
 fue un acto de confianza:

"¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!"
(Lucas 23,46)